La vieja loca

Llegaron a puerto. Para él todos los puertos eran nuevos y por descubrir. Llevaba poco más de tres meses embarcado en un barco pesquero. La rutina siempre era la misma, salir, pescar y una vez con el barco lleno, el patrón decidía a que puerto llevar la carga. Descargar y volver a salir. Así hasta que el tiempo y Dios lo permitan.
Era temprano, pero el sol ya despuntaba y empezaba a calentar. A él lo enviaron abajo, a la bodega a subir cajas. Un par de horas de trabajo duro más tarde ya habían terminado, y el capitán les dio el día libre, partirían al amanecer del día siguiente. Pasó la tarde y la noche con los demás, bebieron, comieron, y el acabó abrazado a una tal Martina.
Casi amanecía, y él caminaba desde el motel donde había pasado la noche en brazos de la rubia Martina, cuando llegando al barco, creyó ver sentado al final del muelle al capitán con "la vieja loca". Así la habían llamado sus compañeros cuando el día anterior cruzó delante de ellos, empujando un carrito de supermercado, cargado de bolsas llenas de chatarra, y de donde colgaba un viejo velo de novia que un día fue blanco. Su aspecto era desaliñado, pelo canoso y alborotado debajo de un gorro de lana, guantes con los dedos al aire y zapatillas de andar por casa en los pies. Todo ello le profería un aspecto de mayor edad del que debía tener. Pero lo que le fascinó, fueron sus ojos azul mar, que no dejaban de mirar al infinito. Es una vieja historia - oyó como le decía Paco, el más viejo de la tripulación, mientras se paraba a su lado- que quizá algún día te cuente.
Pasaron los meses, iban y venían con la carga, y una noche subió al puente.
-¿Te has aburrido de la película? -Le preguntó el viejo capitán
-La aburrí hace semanas, ahora ya me se los diálogos de memoria.
Se hizo un silencio, los dos miraban al mar en la oscuridad cuando el chico abrió la boca:
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Las que quieras
-Es que... es personal
-¿San Blas?
-Sí.
El capitán sonrió, sacó con calma un cigarro del paquete del bolsillo de su chaqueta, y lo encendió. La vieja loca - empezó a contar - como la llamáis vosotros, se llama Claudia y - dudo un instante y mirando a ninguna parte dijo - somos viejos amigos. Ella tenía una historia de amor de esas de novela rosa con un chico del pueblo. Él se hizo pescador como su padre, como su abuelo... ya sabes tradición familiar y todo eso. Decidieron que iban a tener una vida juntos, pero les faltaba dinero. Así que él vio la gran oportunidad embarcándose en un gran ballenero. Mucho tiempo fuera, pero volvería con mucho dinero para empezar una vida juntos. Justo el día antes de partir, decidieron casarse en secreto. Por la mañana en el muelle se juraron amor eterno y todas esas tonterías, y ella le prometió que siempre le esperaría. Hubo un accidente, y el barco naufragó cerca de Groelandia. Las primeras noticias que llegaron de allí no estaban claras, ni eran buenas y Claudia le dio por muerto. El chico se salvó, tardaron un par de semanas en verificar su identidad, y pasó varios meses en coma en un hospital en Islandia. Pero cuando llegó la buena noticia de que el chico estaba vivo, Claudia había sufrido lo que el médico llamó una perdida de memoria por stress..., o algo así. En definitiva, la cabeza de Claudia no asimiló la muerte de su chico y en su cabeza seguía navegando.
El chico volvió, todos confiaban que con su vuelta su mente se pondría al día, pero cuando lo tubo delante no lo reconoció. Había pasado medio año desde su partida, y llevaba alguna cicatriz en la cara - el capitán se paso la mano por la suya oculta bajo la barba - pero no había cambiado tanto como para no reconocerlo. La internaron varias veces, intentaron todo lo que se podía intentar, pero ella no mejoraba. Incluso empeoró cuando empezó a ir todas las tardes al muelle a esperar a su amor. Él no podía soportarlo así que se marchó. Y esta es la historia, que como ves no ha terminado, porque cada tarde sigue yendo a esperarle al muelle. Como siempre fue amiga mía, cada vez que recalamos en San Blas, voy a hacerle compañía.
El joven marinero se quedó un instante mirando al mar, pensando que decir. Antes de volver abajo dijo: -Ya me explicará algún día como es eso de naufragar en una tierra de hielo.
El capitán no dijo nada, solo siguió navegando con su nave, La bella Claudia, para llenarla cuanto antes, y poder volver al muelle de San Blas.

Hospitalet de Llobregat Marzo de 2010


Maná - Muelle de San Blas

2 comentarios:

SAUVIGNONA dijo...

esta es la historia del muelle de san blas?

Silver's Moon dijo...

Ufff que historia más triste, me ha dejado el corazón encogido...

Pobre Claudia y sobre todo, pobre Capitán.

Besitos

PD: Leire está preciosa