Un día cualquiera

Hola,

He escrito este relato corto, pequeño, solo me dejaban 3500 caracteres, para un concurso de TMB (Transportes Metropolitanos de Barcelona). Aunque solo sea por ver si me dan uno de estos premios, hacedme el favor entrad y votadme aquí. Después ya me diréis si os ha gustado o no. Os dejo el relato.



Un día cualquiera después de despertarme salgo a dar una vuelta por la calle y a comer algo. El resto de la mañana lo paso sentado en la estación del metro, viendo pasar gente hasta la hora de comer. Me encanta hacerlo, estar allí e imaginar las historias que les lleva y les trae, observarles, escuchar sus historias, pero nunca me subo en un tren.
Al llegar al metro, en la taquilla, siempre hay un odioso hombre con el ceño eternamente fruncido y siempre atento a los que como yo pasamos sin pagar. Como os he dicho no me subo al tren, solo voy a ver pasar la gente así que no creo que deba pagar. Él no piensa igual, y no será ni la primera ni la última vez que he de correr por el andén antes de que me eche a patadas. Así que espero lo mas cerca posible de la taquilla a que alguien pase su billete por la validadora, pero sin que el horrible taquillero pueda verme, y al abrirse las puertas corro como alma que lleva el diablo, esquivo al sorprendido usuario y bajo las escaleras de cuatro en cuatro para que al taquillero se le quiten las ganas de seguirme. No suele seguirme, piensa que si me persigue a mi mas gente se colará y suele dejarlo en un -¡¡Maldito hijo de perra!!.
Una vez en el andén me siento y veo a la gente pasar. La primera cosa que descubrí es que te vuelves invisible, tanta gente y nadie conoce a nadie, o no quieren conocerse. La táctica que utiliza la mayoría para hacerse invisibles es leer, ya sea periódicos, libros, móviles, tables o ebooks,... creo que el metro debe ser el lugar con mas cultura de la tierra.
Pero no para todo el mundo soy invisible, a parte del odioso taquillero siempre que pasa Mario me saluda. Un tipo gordo que dice que trabaja como un burro, vestido eternamente de azul, lleno de manchas de grasa y siempre acompañado de su inseparable maleta que parece que pesa un mundo. Lo que mas me gusta de él es ese gran mostacho que luce, siempre me ha recordado a mi padre y como hacía él siempre me pregunta si estoy bien o si tengo hambre.
Para la otra persona que no soy invisible es para una viejecita encantadora que se sienta a mi lado cada mañana. Siempre me dice que mi flequillo le recuerda al peinado de su nieto, me habla de su nuera que es muy buena con ella, de su Antonio que ya no esta, de su nieto pequeño que es un tarambana y que sale con una tal Choni. Las historias que me cuenta me las ha contado mil veces, pero ella deja pasar trenes y trenes mientras me las cuenta, y yo siempre las escucho atentamente como si fuera la primera vez.
Ahora que nos conocemos un poco os contaré un secreto, no es cierto del todo que nunca me haya subido en un tren, una vez lo hice. Un día decidí hacer caso a mi padre, y pensé que tantos trenes que había visto pasar en mi vida ya era el momento de coger uno. El viaje no duró mas de un par de paradas y no me gustó. Intenté conversar con la gente, pero a pesar de que ladré fuerte y arrimé mi hocico a varias piernas, nadie parecía verme, nadie quiso ver al perro que viajaba en metro junto a ellos.
No os entiendo a los humanos, pero si un día me ves en la misma parada en la que te subes todos los días párate un rato y hablamos. Bueno, tu hablarás y yo escucharé. O simplemente vemos a la gente pasar, como si fuera un día cualquiera.

1 comentario:

SAUVIGNONA dijo...

hay jor...me encanto!!!

:)
te dejo un besin emorme

SAU
(YO SI TE VOTO)